CONECTANDO CON NUESTRA ESPIRITUALIDAD

La dimensión espiritual nos ha permitido descubrir un espacio para conectar con la vida del equipo de trabajo.  A partir de la ampliación de cobertura del programa “Seguridad alimentaria y nutricional para la población en extrema pobreza de Santiago de Cali” se ha dado la oportunidad para  reorganizar y fortalecer nuestras prácticas de gestión e  intervención. Para responder cada vez mejor a la meta común que tiene que ver no solo con mitigar el hambre, sino con la consolidación de comunidades empoderadas, sostenibles y por tanto transformadoras de su entorno. Por esta razón, el equipo toma tiempo para conectar más a fondo con  las dinámicas internas que se presentan para visualizarlas como nuevos retos y nuevos  lugares de conocimiento personal y profesional lo cual implica un necesario  crecimiento humano-espiritual y corporativo.

En este sentido, la apuesta del componente de formación busca fortalecer el clima de trabajo en el que todos se sientan sostenidos y acompañados. Se busca  visibilizar aquellas dinámicas  que presencialicen el talento tanto personal como colectivo del equipo que está al frente del programa.  Así,  todos nos convertimos en servidores y beneficiarios. Esta dinámica nos induce a repensar nuestro ser  de persona humana, cómo conjugamos la solidaridad y compromiso, haciéndonos competentes para ser mejores personas más solidarios, más comprometidos y para responder mejor a  las exigencias de este  programa social que nos convoca.

Los encuentros de  espiritualidad han permitido hacer un mapa de nuestra comprensión como equipo de trabajo y los dinamismos que allí se generan. En esta autocomprensión nos ayudó el  símil del cuerpo, consignado en la primera carta de  Pablo a la comunidad de Corinto 12, 14-26, clásico de literatura y espiritualidad. Reconocemos que somos parte de un cuerpo, un organismo vivo, en este caso, un cuerpo de trabajo y por tanto estamos en crecimiento, no somos una obra perfecta y terminada sino que estamos en permanente cambio.

Al dibujarnos como equipo de trabajo nos damos cuenta que somos vulnerables y complejos. En este sentido cada uno toma conciencia de cómo su yo contribuye al crecimiento de este cuerpo o no. Tomamos conciencia de la importancia de cada uno, y si un miembro está mal todo el cuerpo sufre con él.   Reflexionamos que cuando se piensa como una parte autosuficiente o  aislada y no como parte de un todo, se hace violencia y el conflicto ahoga la unidad. En  este sentido,  el papa Francisco en Evangelii Gaudium 277 propone cuatro principios para el Bien común y la paz, dos de ellos son: “El todo es superior a las partes” y “la unidad es superior al conflicto”, si queremos buscar la unidad hemos de pensar que nuestra individualidad debe estar en esta sana tensión entre mi yo, mi parte y el todo. Pues cuando se piensa desde el conjunto y su meta, que es nuestra meta, se despliegan todas las fuerzas vivas para hacer posible el crecimiento del cuerpo de trabajo y por tanto del individuo.

Tenemos entonces, uno de los mayores retos, pasar de una cultura  del individualismo y la autoreferencialidad hacia una cultura de encuentro y por ello la espiritualidad del cuidado y valoración  de los unos a los otros  nos ayuda a conectar con lo mejor de nosotros en aras del Bien Común. El mundo actual, el programa social que nos convoca así lo requiere. Miramos de manera no solo optimista sino esperanzada la complejidad de nuestros equipos de trabajo como posibilidades para fortalecer la unidad que da solidez al programa de seguridad alimentaria y nutricional. Es grato ver cómo los encuentros de espiritualidad ayudan a ordenar nuestras capacidades humanas, espirituales, nos genera paz, como expresaba una de las participantes, “nos da paz, pero no  una paz que tranquiliza sino que dinamiza a todo un cuerpo en aras del Bien Común”.

Al socializar el impacto de estos encuentros, como componente de formación, nos ha alegrado mucho, constatar la calidad humana que hay en el equipo de trabajo, cada una y cada uno es un don para bendecir y dar gracias a la vida y al Creador de la vida que nos puso en el mismo camino. Deseamos pues, que todas y todos nos sintamos gozosamente parte de este proceso de crecimiento de este cuerpo, del programa. Como nos invita  Pablo “cuando un miembro se alegra todos se alegran con él”, estamos pues llamados a vivir esta experiencia con el gozo propio que da la búsqueda conjunta del Bien Común.  

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